—No lo sé doctor, desde que se mudó hace 3 años para vivir solo, la comunicación con mi hermano ha sido esporádica. Pero según me cuentan sus amigos, todo comenzó hace unas semanas.
—¿Hace unas semanas?
—Sí, dicen que llegaba tarde al trabajo, con apariencia de no haber dormido, y que algunas veces lo encontraban hablando solo. Él decía que solo pensaba en voz alta.
—Uhmmm. ¿De pequeño no mostraba signos de una conducta anómala para su edad? ¿Era retraído o tenía problemas de aprendizaje?
—No doctor, nada que ver. Siempre fue un niño muy amiguero y, aunque no era el primero de la clase, siempre sacaba buenas notas. Hasta de viejo.
—¿Novias?
—Varias, pero hace 3 años que anda sin nada estable, que yo sepa. El motivo de la mudanza, fue para darle un vuelco a su vida después de romper una relación larga.
—¿Drogas?
—No creo. Pero sí fumaba cigarrillos como loco y tomaba de vez en cuando, pero no era alcohólico. Bueno, al menos hasta que tuvimos contacto.
—Señorita, ¿qué sucedió aquella noche?
—Bue... El domingo en la noche me llamó un amigo de mi hermano. Los vecinos alertaron a la policía tras escuchar gritos y golpes en su departamento. Al parecer había una pelea. Cuando llegó la policía, tuvieron que tumbar la puerta porque estaba trancada por dentro. Al ingresar vieron todo destruido, manchas de sangre en el piso y las paredes, pero no había rastros de mi hermano, ni de nadie. Entraron al cuarto, les sorprendió encontrar las paredes del closet garabateadas. Tenían escritas algo que se podía entender como una risa: "jojo jojo".
—¿No había nadie? ¿Y su hermano? ¿La sangre?
—Buscaron por todos lados y nada, hasta que unos gritos desgarradores se oyeron en la azotea. Mi hermano, de alguna manera, había salido por la ventana y trepado hasta allá. Al subir, lo encontraron solo, desnudo, gritando desesperado que ya no quería jugar. "Ya no quiero jugar, ¡ayúdenme! ya no quiero jugar", gritaba bañado en sangre y lleno de cortes. Buscaron por todos lados y no encontraron a nadie más. Tuvieron que sedarlo, estaba aterrado. Y así lo llevaron a la clínica, pero al despertar tuvo otro ataque de pánico y quiso huir, seguía gritando que lo ayuden, que "él" iba a venir a buscarlo.
—¿Él?
—Nadie sabe a quién se refería. Cuándo le preguntaban, volvía a repetir "Ya no quiero jugar".
—¿Así que lo trajeron hasta acá? Pues bien, como le digo, a simple vista se trata de un cuadro de esquizofrenia. Sería bueno poder conversar con sus amigos cercanos para aclarar mejor el panorama y dar un diagnóstico certero. Me ayudaría mucho que los contacte. Tome, le doy mi tarjeta para cualquier cosa.
—Gracias doctor.
*******
—Mamá, ¿dónde pongo las cosas de Eduardo?
—Aquí hija, al lado de su caja de juguetes y demás cosas de cuando era niño. Mi pobre hijito...
—Mamá tranquila, mi hermano estará bien. Quizá se habrá automedicado y eso lo cruzó. Ahora tengamos fe en que se recuperará. No llores.
—Yo sabía que no debía irse a vivir solo. Esa mujer lo destrozó por dentro, y mira...
—Ya mamá. Eduardo ya es un adulto y tenía que hacer su vida... ¡Ah mira esta foto!
—Oh, claro que recuerdo esto, tenía 5 años. Tú estabas recién nacida. Ahí él estaba disfrazado de policía, claro a su modo, decía que te tenía que proteger.
—Mi hermanito, desde que tengo recuerdos siempre estuvo conmigo, jugando y cuidándome. Verdad, ¿alguna vez nos peleamos de niños?
—No, eran muy unidos. Él siempre te cuidaba. Ya de grandes parecían perro y gato.
—¿Estos son sus dibujos?
—Sí, siempre le gustó dibujar. Aquí estamos todos. Tú eres eso que parece una oruga.
—¿Y quién es ese?
—Ah no recuerdo. Creo que era uno de sus muñecos o algo así.
—Mira, en este dibujo también aparece ese personaje. Se ve feo, parece un duende.
—A ver, déjame verlo...
—Ah ya sé. Era su amigo imaginario. Recuerdo que siempre hablaba con él. Nos asustaba un poco. Cuando naciste, decía que estaba molesto porque apareciste.
—¡Qué miedo!
—Sí lo recuerdo bien, por eso decía que tenía que protegerte, para que su amiguito no te haga daño. Un día Eduardito se había caído de las escaleras, y llorando me dijo que su amigo imaginario lo había empujado. Cuando le pregunté dónde estaba su amiguito para regañarlo, me dijo que se había ido, pero que le dijo que algún día regresaría. Ya con el tiempo se olvidó de él.
—¡Asu! Qué tal imaginación. ¿Y recuerdas cómo lo llamaba?
—No recuerdo bien... ¡Ah sí! Se llamaba Jojo.






