sábado, 28 de enero de 2017

¿Qué mierda pasó aquella noche?

—Señorita, al parecer el paciente presenta un cuadro de esquizofrenia. ¿Hace cuánto muestra estos episodios psicóticos?
—No lo sé doctor, desde que se mudó hace 3 años para vivir solo, la comunicación con mi hermano ha sido esporádica. Pero según me cuentan sus amigos, todo comenzó hace unas semanas.
—¿Hace unas semanas?
—Sí, dicen que llegaba tarde al trabajo, con apariencia de no haber dormido, y que algunas veces lo encontraban hablando solo. Él decía que solo pensaba en voz alta.
—Uhmmm. ¿De pequeño no mostraba signos de una conducta anómala para su edad? ¿Era retraído o tenía problemas de aprendizaje?
—No doctor, nada que ver. Siempre fue un niño muy amiguero y, aunque no era el primero de la clase, siempre sacaba buenas notas. Hasta de viejo.
—¿Novias?
—Varias, pero hace 3 años que anda sin nada estable, que yo sepa. El motivo de la mudanza, fue para darle un vuelco a su vida después de romper una relación larga.
—¿Drogas?
—No creo. Pero sí fumaba cigarrillos como loco y tomaba de vez en cuando, pero no era alcohólico. Bueno, al menos hasta que tuvimos contacto.
—Señorita, ¿qué sucedió aquella noche?
—Bue... El domingo en la noche me llamó un amigo de mi hermano. Los vecinos alertaron a la policía tras escuchar gritos y golpes en su departamento. Al parecer había una pelea. Cuando llegó la policía, tuvieron que tumbar la puerta porque estaba trancada por dentro. Al ingresar vieron todo destruido, manchas de sangre en el piso y las paredes, pero no había rastros de mi hermano, ni de nadie. Entraron al cuarto, les sorprendió encontrar las paredes del closet garabateadas. Tenían escritas algo que se podía entender como una risa: "jojo jojo".
—¿No había nadie? ¿Y su hermano? ¿La sangre?
—Buscaron por todos lados y nada, hasta que unos gritos desgarradores se oyeron en la azotea. Mi hermano, de alguna manera, había salido por la ventana y trepado hasta allá. Al subir, lo encontraron solo, desnudo, gritando desesperado que ya no quería jugar. "Ya no quiero jugar, ¡ayúdenme! ya no quiero jugar", gritaba bañado en sangre y lleno de cortes. Buscaron por todos lados y no encontraron a nadie más. Tuvieron que sedarlo, estaba aterrado. Y así lo llevaron a la clínica, pero al despertar tuvo otro ataque de pánico y quiso huir, seguía gritando que lo ayuden, que "él" iba a venir a buscarlo.
—¿Él?
—Nadie sabe a quién se refería. Cuándo le preguntaban, volvía a repetir "Ya no quiero jugar".
—¿Así que lo trajeron hasta acá? Pues bien, como le digo, a simple vista se trata de un cuadro de esquizofrenia. Sería bueno poder conversar con sus amigos cercanos para aclarar mejor el panorama y dar un diagnóstico certero. Me ayudaría mucho que los contacte. Tome, le doy mi tarjeta para cualquier cosa.
—Gracias doctor.

                                                                   *******

—Mamá, ¿dónde pongo las cosas de Eduardo?
—Aquí hija, al lado de su caja de juguetes y demás cosas de cuando era niño. Mi pobre hijito...
—Mamá tranquila, mi hermano estará bien. Quizá se habrá automedicado y eso lo cruzó. Ahora tengamos fe en que se recuperará. No llores.
—Yo sabía que no debía irse a vivir solo. Esa mujer lo destrozó por dentro, y mira...
—Ya mamá. Eduardo ya es un adulto y tenía que hacer su vida... ¡Ah mira esta foto!
—Oh, claro que recuerdo esto, tenía 5 años. Tú estabas recién nacida. Ahí él estaba disfrazado de policía, claro a su modo, decía que te tenía que proteger.
—Mi hermanito, desde que tengo recuerdos siempre estuvo conmigo, jugando y cuidándome. Verdad, ¿alguna vez nos peleamos de niños?
—No, eran muy unidos. Él siempre te cuidaba. Ya de grandes parecían perro y gato.
—¿Estos son sus dibujos?
—Sí, siempre le gustó dibujar. Aquí estamos todos. Tú eres eso que parece una oruga.
—¿Y quién es ese?
—Ah no recuerdo. Creo que era uno de sus muñecos o algo así.
—Mira, en este dibujo también aparece ese personaje. Se ve feo, parece un duende.
—A ver, déjame verlo...
—Ah ya sé. Era su amigo imaginario. Recuerdo que siempre hablaba con él. Nos asustaba un poco. Cuando naciste, decía que estaba molesto porque apareciste.
—¡Qué miedo!
—Sí lo recuerdo bien, por eso decía que tenía que protegerte, para que su amiguito no te haga daño. Un día Eduardito se había caído de las escaleras, y llorando me dijo que su amigo imaginario lo había empujado. Cuando le pregunté dónde estaba su amiguito para regañarlo, me dijo que se había ido, pero que le dijo que algún día regresaría. Ya con el tiempo se olvidó de él.
—¡Asu! Qué tal imaginación. ¿Y recuerdas cómo lo llamaba?
—No recuerdo bien... ¡Ah sí! Se llamaba Jojo.


sábado, 14 de enero de 2017

¡Bienvenida, mi Alicia!

¿Y ella? ¡Qué hermosa! Definitivamente es la mujer más bella que he visto pensó sin ocultar su rostro de sorpresa. Parece que hoy no será un domingo cualquiera.

Y parece que tenía razón, aunque el escenario no era tan romántico como uno se puede imaginar, era un cementerio. Él acudía todos los sábados y domingos a visitar la tumba de su madre para hablarle y contarle sus cosas. Ella, la guapa señorita, lloraba y dejaba flores a su padre, acompañada de algunos familiares. Aquel era el primer domingo que la vio, a unas cuantas lápidas de distancia.

—¡Qué bonita! Debe tener sus 24 a lo mucho, no veo novio por ningún lado. Un novio debería acompañarla en estos momentos de dolor, pero no, solo están esas señoras y ese niño travieso que patea las flores que le dejaron al señor Torrealva. Pobre, se ve muy triste seguía pensando hasta que se acordó del por qué estaba ahí. Perdón madre, creo que acabamos de conocer a tu futura nuera.

Media hora más tarde, cuando terminó aquella charla íntima con su mamá, volteó y la joven, ni sus familiares, estaban. Caray, se me fue. Ojalá vuelva pronto.

Aquella noche, él no podía dejar de pensar en la guapa joven de cabellos claros, rostro delicado y piel rosada. Parecería una tontería, pero él sentía que se había enamorado a primera vista. El domingo siguiente llegó, y ella estaba ahí, esta vez sola.

Bueno, esta es una señal. Me presentaré, la invitaré a tomar un café después, me dará su número y… me mirará con cara de asustada, pensará que soy un loco, gritará y saldrá corriendo… No, mejor no. Mejor primero me haré notar. ¿Tú qué dices viejita? Ya pues, dime algo sonrió, y sin darse cuenta, pisó mal y cayó al suelo botando un jarrón de flores.

La joven volteó algo asustada. Él le sonrió, y ella puso rostro de extrañada, inmediatamente su celular sonó.

¿Aló? contestó ella con una voz muy dulce. Sí, hola. En un rato voy para allá. Vine a ver a mi padre. (…) Sí, lo sé. (…) No, ya no las estoy tomando, y no soy una niña para que estén controlándome. (…) Está bien, lo siento. Es que todo esto es tan difícil, y por mi culpa. (…) Ya, ya, voy para allá colgó e inmediatamente se retiró.

¿Voy o no voy? se preguntaba él, aunque parece molesta, no creo que sea un buen momento. ¡Ya! si regresa la otra semana, es porque el destino me está diciendo “anda idiota, háblale”. Así que me aguantaré unos días más. Si no es, no es pues. Y si es, es… Ya comencé a decir idioteces. Toma tus flores mamita, nos vemos la otra semana.

*******

Como buen cobarde, las siguientes semanas no hizo más que mirarla y pelearse consigo mismo por no atreverse a hablarle. Ella, en cambio, se sumergía cada vez más en su dolor, y su rostro lo evidenciaba. Se notaba ida, tanto así que, si él se hubiera acercado y puesto en frente cantándole una canción, ella no lo hubiera notado.

El domingo número 7 ella no fue, ni el siguiente, pero siempre aparecían rosas en la tumba de su padre. Él, preocupado, se puso a vigilar la lápida y se dio cuenta de que era el cuidador del cementerio quien las ponía. Don Iván era un octogenario que llevaba décadas cuidando el camposanto y era famoso por su buen carácter y su manía de hablar solo, hay quienes decían que ya estaba loco.

Don Iván, disculpe.
¡Ay carajo! No te aparezcas así, ¿no ves que ya estoy a punto de mudarme metros bajo tierra?
Disculpe, pero quería preguntarle ¿por qué coloca esas rosas en esta tumba? ¿Qué pasó con la familia?
Ah, eso. Nada, me pagan por hacerlo. Antes venía la hija, pero parece que algo le pasó y no podrá venir por un tiempo.
¿Qué le pasó? preguntó asustado. ¿Está bien? ¿Sufrió un accidente?
No, según dicen, a la joven le patinaba el coco tras la muerte de su padre y se echaba la culpa de su muerte. Ella conducía el auto donde murió el viejo. Bueno, eso lo oí en el entierro. Tú sabes…
Pero, ¿está bien?
No lo sé, a mí solo me dijeron que quizá ya no vendría. Alicia, así se llamaba.
¡Alicia! No puede ser, y yo nunca le pude hablar. ¿Tiene alguna dirección, un teléfono?
Hijo, ¿qué crees, que soy la secretaria del cementerio? Si lo encuentro te aviso.
Ok, hágame ese favor. Yo vengo…
SÍ, sí ya sé dónde encontrarte.

La noticia lo dejó helado. Si a la muchacha le había pasado algo él no podría perdonárselo nunca. A cada instante, pronunciaba su nombre. “Alicia”. Y así, los domingos pasaron y ella no volvió. Tampoco Don Iván daba luces de algún dato. Él comenzó a perder la esperanza de volverla a ver.

Un domingo de enero, él se encontraba hablando frente a la tumba de su madre, volteó y ella estaba ahí, tan hermosa, frente a la tumba de su papá.

¡Alicia! dijo emocionado. Ella volteó.
Hola, ¿me conoces?
¡Eh! No. Bueno, sí no sabía qué decir, la grata sorpresa le había jugado una mala pasada y no había una excusa razonable que saliera de su boca. Eh…
Disculpa, no tengo mucho tiempo, me tengo que ir, me esperan.
¿Regresarás?
Sí, el otro domingo, o antes, no sé. Nos vemos.
¡Chau!
¡Chau! ella sonrió y se fue.

La emoción no cabía en él. Ella estaba de vuelta y le había hablado por fin. Ya sabía de su existencia. Ya tenía una excusa para poder hablarle de ahora en adelante. Dejó las flores en la tumba de su madre y se fue caminando con una gran sonrisa.

Alicia me habló, con esa dulce voz. Me miró con sus bellos y enormes ojos café. Me sonrió. Es tan amable, tan linda. Y me dijo: “nos vemos”. ¡Ay! Siento que la amo. Siento… me siento tan feliz.

Ese domingo no fue un domingo cualquiera. Ese domingo, él regresó a descansar a su tumba con una gran sonrisa.

¡Bienvenida, mi Alicia!


martes, 20 de diciembre de 2016

El buen gusto de mi hijo con las mujeres

¿Aló? —contestó somnoliento y molesto— ¡Aló! ¿A quién se le ocurre llamar a esta hora? ¿Aló?
¡Aló! ¡Aló…! —contestó una voz asustada— ¿Papá? ¿papá? ¿eres tú?
¿Papá? Este está cojudo —inmediatamente pensó que se trataba de una llamada hecha por estafadores—. Oye no jodas y deja dormir antes de que rastree tu número y lo lance a la policía. No sabes con quién te metes.
¡Papá, no! —dijo la voz ahogada en pánico— Soy yo, ¡nos quieren matar! Avísale a la policía ahora por favor...
¡Carajo! Vete a estafar a otro… ¡Mierda! —tres disparos y un breve gemido al otro lado de la línea lo dejaron paralizado. Escuchó unas voces riendo. El miedo lo invadió. Colgó.

Su cuerpo comenzó a temblar. ¿A quién se le ocurre hacer este tipo de bromas a las... —miró el reloj en la pared  3:33 de la madrugada? Miró por la ventana, cerró las cortinas y se aseguró de que la puerta esté bien cerrada y su seguridad personal en el jardín. Desconectó el teléfono, dejó la luz encendida de la sala y regresó a la cama.

¿Quién era? —preguntó su mujer.
Un estúpido bromista. Me decía que lo querían matar y que yo era su papá... Ah no, 
—sonrió— que nos querían matar a los dos.
¿A ti y a mí?
No, a mí y a mi hijo.
—Jajajajaja, ¡qué idiotas! Con lo difícil que te pones cada vez que te digo que ya es tiempo de encargar a la cigüeña…
¿Ya comenzamos mi amor? Llevamos dos meses de casados, tenemos que disfrutar nuestro ratito de soledad, de ahí ya tendremos miles de hijos. Ahora aprovechemos el buen rato. Te has amarrado con el nuevo amo y señor de la segunda corporación más grande del país. Además, mi viejo me ha dado el adelanto de la herencia y soy el esposo de la modelo más hermosa del mundo. ¡Carajo, déjame gozar el momento! –la abrazó.
Jajajajaja, eres un tonto, Joaquín. Ya duérmete que tienes que ir temprano a recoger a tu padre al aeropuerto para que de una vez vayan a firmar los papeles de la empresa, y de esa herencia, que sin eso, solo te queda la mujer más hermosa del mundo, y que, por cierto, es muy cara de mantener.

*******

Muchas horas después, una elegante cena junto a algunos amigos, alegraba la mansión de la joven pareja. Don Aurelio Gómez-Sánchez le había dado todo el poder de sus empresas a su único hijo, además del adelanto de herencia para que disfrute de una vida acorde a sus nuevas responsabilidades. Su bella nuera —una bellísima modelo extranjera que llegó al país hace solo medio año y que inmediatamente conquistó las pasarelas y el corazón de su heredero— no ahorraba en atenciones con el anciano que, de vez en cuando y de manera muy evidente, perdía su mirada en ese impresionante escote.

Papá, ¿qué miras? —dijo ella sonriendo.
El buen gusto de mi hijo con las mujeres. Eso también lo heredó.
¡Cómo habrá hecho renegar a la pobre madre de Joaquín!
Mi Nora fue el mejor trabajo hecho por Dios, por eso también me la quitó tan pronto, y también por eso nunca nadie ocupó su lugar. Bueno, al menos en mi corazón, porque en mi cama… jajajajaja.
Ay las cosas que dice papá, ¿no quiere otro poco de ponche preparado especialmente por mí?
Claro hija, ya voy cuatro. Lléname el vaso, que quiero ir un rato arriba a descansar. Un viejo lobo ya no aguanta los aviones y las fiestas, mucho menos si son para que los tiburones le chupen las medias a mi hijo y no a mí. —Bebió todo de un sorbo y subió al dormitorio de visitas. La reunión continuó.

Señor Joaquín tiene una llamada, la persona no se quiso identificar —le dijo al oído uno de los mozos contratados para la celebración, interrumpiendo su divertida charla con los gerentes del consorcio.
Gracias. Ya vuelvo. Por favor que esas copas no estén vacías ni un segundo.

Entró a su biblioteca, cerró la puerta, tomó la llamada y se desmayó. A las dos horas, la gran casona había reemplazado los invitados por decenas de policías que trataban de averiguar el paradero de Joaquín Gómez-Sánchez. Su bella esposa lloraba al lado del preocupado patriarca. Extrañamente, las cámaras de seguridad de la mansión nunca estuvieron prendidas en todo el día. Solo quedaba esperar alguna llamada, ya sea de un secuestrador, o de un ebrio Joaquín que solo quiso salir a comprar “algo” para alegrar más su noche.

*******


Abrió los ojos. Tenía frente a él a dos siluetas dibujadas por la luz de un foco de baja potencia. No estaba atado, pero se sentía tan mareado, que si movía un músculo el mundo entero se le venía encima. Entró una tercera persona a la habitación, miró al débil hombre sentado sobre una vieja silla y empezó a aplaudir.

¡Bravo! ¡Bravo! Felicitaciones al nuevo magnate. Al hombre más afortunado del mundo.
¿Quién eres? ¿Qué es lo que quieres? –dijo Joaquín tratando de reunir fuerzas para no mostrarse asustado.
¿Que quién soy? —respondió la sombra sarcásticamente— Pues solo soy un peón. Alguien que recibió dinero para que mueras.
Tengo mucho dinero, lo que te pagaron lo triplico. —gritó, temiendo lo peor.
—Jajajaja. No tienes ni idea de por qué estás acá. Te cuento que no solo tú morirás hoy, también tu papá.
—P… pero ¿por qué…?
—al decir esto, el químico que le inyectaron volvió a surgir efecto y se volvió a desmayar.
Creo que se les pasó la mano, quería entretenerme un rato con él. Decirle quién había pagado por su cabeza, ver su cara de sorpresa y ¡pam! acabarlo ahí mismo. Saca el whisky, ya me daré el gusto cuando despierte.

Los sujetos abandonaron el cuarto. A la media hora volvió en sí. Escucho las risas de los tres hombres en la habitación contigua. Se puso de pie y trató de recobrar la estabilidad. Sabía que iba a morir, así que no le quedaba otra que tratar de huir a como dé lugar. Cogió una barra de metal del suelo y apeló a recordar las clases de karate que llevó por años obligado por su padre. Desentornilló el foco, se apostó detrás de la puerta y dio un grito con todas sus fuerzas para llamar la atención de sus captores. Ellos irrumpieron con armas en la mano. Aprovechó la oscuridad y golpeó a cada uno dejándolos inconscientes en el suelo.

¡Putamadre funcionó!

Buscó la puerta y salió a la calle. Era un callejón oscuro que apestaba a muerte. Corrió sin mirar atrás. Vio a lo lejos la luz de una tienda. Al llegar, esta estaba cerrada, pero dentro de su reja tenía un teléfono público abrazado por correas de metal. Buscó en sus bolsillos, en su sencillera secreta, encontró algunas monedas. Los perros comenzaron a ladrar. Metió las monedas, marcó al teléfono de casa. Comenzó a timbrar. Vio la hora en la pantalla, eran las 3:33 hrs. Alguien contestó.

¿Aló? ¿Aló? ¿A quién se le ocurre llamar a esta hora? ¿Aló?
¡Aló!, ¡aló…! ¿Papá? ¿papá? ¿eres tú? —pensó que por los nervios había marcado mal, pero no, era el número.
¿Papá? Este está cojudo. Oye no jodas y deja dormir antes de que rastree tu número y lo lance a la policía. No sabes con quién te metes —contestó molesta la voz al otro lado de la línea.
—¡Papá, no! —volteó la mirada y vio a los tres hombres acercándose pistola en mano— soy yo, ¡nos quieren matar! Avísale a la policía ahora por favor...
¡Carajo! Vete a estafar a otro…

Los tres hombres se pararon detrás del heredero. Él volteó a verlos. Con los ojos llorosos les preguntaba el por qué. Ellos sonrieron y le dispararon en la cabeza, un tiro cada uno.

Jajajajaja… pobre idiota. El trabajo está hecho —dijo el que parecía ser el líder de los asesinos.
Pero falta el viejo —dijo otro.
Nada, a esta hora ya debe haber estirado la pata. Según me cuenta, se tomó varios vasos de ponche con Xelaocaina, eso, más la preocupación, ha tenido que provocarle un infarto fulminante…
—Jajajaja, esa hembra es un genio. Oye, ¿no sientes como que esto ya lo hemos vivido antes?



miércoles, 9 de noviembre de 2016

La mujer que él amaba

San Isidro no podía estar más gris. Pasaban las tres de la tarde cuando, tras haber sido rechazada su propuesta –la cual había trabajado por semanas-, no le quedaba más que sentarse delante de su computadora, mirar a través del gran ventanal que tenía enfrente, y sentirse hecho una gran mierda.

- ¡Qué carajo! Mejor mando todo al diablo. Diez años estudiando, y otros diez recolectando diplomas, para que un niño engreído venga a decirme que “no lo entiende”.

Quizá fueron sus grandes expectativas ante este proyecto, lo que hizo más doloroso el rechazo. Quizá haya sido el haber invertido tantos días en imaginar un final feliz. Quizá sea que sacrificó su aniversario de bodas y llevaba semanas sin hablar con su mujer. Quizá sea que le patearon los testículos del ego. Quizá muchas cosas. Pero aquella tarde gris sanisidrina era la peor de todas. Ese nudo en la garganta crecía más y más, lo ahogaba. Ese hoyo en la boca del estómago comenzaba a doler. Sus ojos ardían y esa mentada de madre al mundo en cualquier momento erupcionaba. Ahí comenzó todo.

En el edificio que estaba a unas cuadras frente a él, la silueta de una persona asomaba fuera de la ventana. Era un octavo o noveno piso, y aquella figura humana simplemente saltó.

- ¡Mierda! ¿Vieron eso? – gritó, llamando la atención de todos sus compañeros.

Minutos después, las redes sociales y la radio confirmaban el suicidio de un empresario extranjero que daba una conferencia en el noveno piso de un reconocido hotel. Según se informaba, cortó su charla de improviso, se dirigió a la ventana y saltó.

- Es extraña esta sensación-pensaba mientras algunos bromeaban sobre los motivos del suicida-, ver a ese hombre perder la vida así, calmó un poco mi rabia. ¿Será que, ver que otros la pasan peor, es reconfortante? Me siento mejor, aunque suene algo cruel.

En ese instante, le comunicaban que podía hacer una nueva presentación al día siguiente. Sonrió, las cosas mejoraban. Regresó a casa pensando en cómo reformular su proyecto en pocas horas. Su mujer le había dejado la comida en el microondas y miraba las noticias en el dormitorio. Él se amaneció en su escritorio, por fin había logrado alinear su propuesta según lo que se le había antojado a su cliente. Eran las 7:00 hrs. Un duchazo. Miró a su mujer que aún dormía, le dijo “adiós” muy bajito, y salió para la oficina.

***

La una de la tarde empujaba a todos fuera de la oficina. Pero él se quedó sentado otra vez frente a su computadora, mirando por la ventana. Tenía los ojos rojos. El cliente pidió que otro sea el encargado del proyecto. La impotencia y la rabia invadían su cuerpo, su puño ahorcaba el último hilo de calma que le quedaba y un sonido en la calle lo despertó de ese infierno. De lo alto del edificio en construcción, que estaba a la otra cuadra, una lonchera se estrellaba contra el pavimento. Los cláxones comenzaron a sonar. Volteó la mirada, y vio caer a un obrero. El golpe seco estremeció cada célula de su cuerpo.

- ¡Dios santo! –gritó-, ¡la gente está loca! ¿Qué les pasa? Putamadre, ese hombre… ¿cómo se le ocurre? ¡Mierda! Está todo reventado… - corrió al baño a vomitar.

Desde la ventana de su oficina, en el sétimo piso de un moderno edificio, él miraba cómo la policía, bomberos, ambulancias, prensa y curiosos se aglomeraban ante ese desagradable espectáculo de sesos regados. La radio informaba que “el obrero dejaba 5 hijos en la orfandad y, según sus compañeros, no presentaba signos de algún desequilibrio mental o de haber bebido horas antes. Él almorzaba tranquilo, se paró, soltó su lonchera y saltó”.

Apagó la radio. El director de la empresa se acercó y le tocó el hombro. Si bien él esperaba una mala noticia, fue todo lo contrario. El respaldo por parte de la consultora hacia su trabajo le devolvía la batuta de este proyecto que ya lo traía loco.

Regresó a casa y encontró la comida en el microondas, y a su esposa arriba, viendo las noticias. Dos suicidios, en dos días, en el corazón empresarial de San Isidro, daban para la pauta entera de los noticieros.

- ¿Sabes que fui testigo de ambos suicidios? La gente está loca.
- Mucho estrés laboral, eso aloca a cualquiera…
-  Sé por dónde vas. Te prometo que te recompensaré…
- ¿Qué? –lo interrumpió molesta- ¿Quieres decir que tienes que recompensarme a mí? ¿A mí? O sea, ¿yo soy la única que quiere pasar tiempo juntos, yo soy la única que esperaba este aniversario, yo soy la única que ama…? ¿Por eso tengo que ser recompensada? ¿Yo? ¡Jódete!

Él salió de la habitación. Bajó las escaleras molesto. Su orgullo le decía que ella no entendía lo que él hacía por darle lo mejor, pero en el fondo sabía que ella siempre tenía la razón. Siempre.

***

A la mañana siguiente se reunió con su equipo de trabajo, planteó nuevos ajustes, todo iba bien, hasta que una llamada de su suegra, diciéndole que era un esposo frío e irresponsable con su hija, le cagó la mañana.

- Ya entiendo por qué la gente se mata: ¡suegras! –renegaba frente a la ventana-. A ver tú –señalando con el dedo a un hombre que miraba por la ventana de otro de los edificios-. Sí, tú, el de azul, de seguro tienes suegra. Tírate por la ventana y acaba con tu martirio.

Aquel hombre de azul, sacó todo su cuerpo por la ventana y saltó. Los gritos invadieron la calle. La sangre también.

- ¡Pero qué carajos! ¡No puede ser! ¿Qué mierda está pasando?

Comenzó a carcomerse las uñas y el cerebro pensando en si él tenía la culpa de la muerte de ese hombre, o fue pura coincidencia. El celular sonó, era su mujer, quería arreglar las cosas. Él sonrió y se olvidó del resto.


Al amanecer, todo lucía mejor. La jornada en la oficina estuvo sus altas y bajas. Cuando discutió con el desarrollador en jefe, a los 5 minutos una mujer se lanzaba de otro edificio cercano, y luego, el mismo desarrollador le pedía disculpas y le daba la razón.  Al otro día, y las semanas siguientes, fue igual: cuando algo malo le ocurría, una persona de algún edificio aledaño se lanzaba y las cosas mejoraban.

Las cosas iban mejor que nunca. En casa todo era amor, el proyecto ya estaba encaminado, el ascenso se dio, su maldita tos de cigarro había desaparecido, lo único negativo –para él- eran las pesadillas que lo despertaban a las 3:33 hrs. todos los días. Cuarenta y dos suicidios casi a diario eran algo que nadie podía explicar, y aunque el quizá se sentía culpable, era preferible mejor no pensar en ello. ¡Total, todo le iba bien! Al llegar a la consultora temprano, para mudar sus cosas a la nueva y linda oficina que su ascenso merecía, se dio con la sorpresa de que su mujer le había dado el alcance para compartir su gran momento. Pidió a recepción que la dejen subir, mientras él se despedía de su antiguo escritorio.


Miró a través de la ventana, por un segundo pensó en aquellas personas que habían caído de cada edificio que tenía enfrente. Todas esas muertes que quizá cimentaron su éxito actual. No, era mejor no pensar en eso. Sonó su celular.

- Aló, ¿quién habla?
- ¡Se fue todo a la mierda! –gritó desesperado el desarrollador en jefe de la consultora- ¡El sistema colapsó! ¡Se han perdido millones de dólares!
- ¿Qué hablas? ¡Eso es imposible!
- ¡Te lo dije! Había una falla, ahora la consultora se va a ir a la misma mierda. – colgó.

Se sentó de golpe, vio por la ventana. Sabía dentro de él que, si quería que esto se solucionara, alguien tenía que saltar de un edificio. Trató de ubicar cuál era el edificio que no había tenido ningún suicida, no encontró. Los contó, eran exactamente 42 edificios que se veían desde su ventana, el mismo número de muertos. ¡Putamadre, no quedan edificios! – pensó.

- ¡Mierda! ¿Y ahora? Esto se tiene que solucionar. De alguna manera se tiene que solucionar. –pensaba, mientras caminaba desesperado por el pasadizo rumbo a su nueva oficina.

Abrió la puerta, y vio a la mujer que él amaba parada en la ventana. 



martes, 9 de agosto de 2016

Y ahora, corre...

La orden fue clara: matarlo sin compasión. Eran las 3 de la madrugada, y los 4 soldados se internaron en el pantano mientras eran monitoreados por su capitán desde una camioneta camuflada en la oscuridad. Era difícil rastrear al objetivo, él había sido uno de los mejores comandos de aquel equipo, hasta que un día perdió la razón. ¡Alto! —susurró Laura—. El equipo se detuvo. Había una luz entre la espesura.

Laura, Carlos, Gustavo y José tenían miedo. Él podía con los 4 fácilmente, pero tenían que eliminarlo. ¿Cómo un hombre tan cabal podía haber enloquecido tanto, convirtiéndose en un peligro para la sociedad, para su escuadrón y para él mismo? La noche anterior, aquel mismo héroe de guerra había acabado con la vida de 12 soldados miembros de su equipo, solo ellos 4 se habían salvado gracias a una misión de último minuto junto a su capitán. Cuando regresaron, encontraron el cuartel convertido en un lodazal de sangre y vísceras.

Laura y José fueron por él. El capitán desde la camioneta les daba las indicaciones por la radio. No lo quiero vivo a ese maldito —gruñía por los auriculares de los soldados—, no le den opción a reaccionar, si lo hace estamos jodidos. La humedad del pantano se mezclaba con el terror que recorría sus cuerpos, el ruido de las aves y animales convertían aquella escena en una pesadilla. A pocos metros, vieron que se trataba de una cabaña en ruinas. La luz era una fogata. Esta se apagó.

¡Putamad...! —gritó José mientras una flecha atravesaba su garganta—. Laura cayó al fango. ¿Qué mierda está pasando? —preguntaba el capitán oyendo los gemidos ahogados por los borbotones de sangre de su soldado—. Vayan por él —ordenó a los otros dos— destrocen a ese desgraciado. Carlos y Gustavo prendieron sus lentes infrarrojos, sabían que habían caído en una trampa y solo les quedaba pelear por sus vidas. Capitán, ¿y Laura? —preguntó por la radio Gustavo—. ¡Qué mierda me importa esa zorra! ¡Lo quiero muerto a él! ¿Entienden? ¡Muerto! —gritó el capitán invadido por el miedo—.

Dos días antes, aquel hombre que perseguían había descubierto algo, pero ¿qué? Carlos y Gustavo se separaron. Capitán, encontré a Laura, está inconsciente —avisó Carlos por la radio—. Déjala, preocúpate de ese loco, igual ella no nos servirá de nada ahora —dijo el capitán. Se oyó un ruido a pocos metros. Carlos se agachó, todo estaba oscuro, el infrarrojo no detectaba nada. Los animales callaron, todo quedó en silencio, excepto por la respiración pesada del soldado. ¿Dónde estás loco de mierda? —pensaba Carlos, mientras se orinaba en los pantalones—. Fue lo último que pudo pensar. Un cuchillo atravesó su casco y su cráneo como si se tratara de alguien abriendo un coco. Carlos, Carlos, responde, ¿estás ahí? —preguntaba el capitán que oyó por la radio ese chirrido del metal atravesando el hueso—.


Gustavo, sal de ahí —ordenó el capitán— corre, retirada. Pero, ¿y Laura? —respondió asustado-. Que corras mierda, ¡corre! El soldado emprendió la huida, pero el miedo lo había desorientado, llevándolo a la cabaña. Trató de esconderse y tropezó con una mochila. Prendió su pequeña linterna y vio lo que había en ella.
—¡La conchasumadre! —exclamó—. Capitán, el hijo de puta lo sabe todo.
—¿Qué dices? —respondió asustado desde su camioneta.
—Que lo sabe todo carajo, tiene una mochila llena de pruebas...tiene... tiene hasta su laptop.
—Tráelo todo, corre —ordenó lleno de miedo— igual nadie le creerá, y a Laura démosla por muerta, solo ellos 2 eran nuestros cabos sueltos, ¡corre!
—Ya es muy tarde, lo veo. Viene para acá.
—Escóndete. ¿Qué es lo que está haciendo?
—Prende un cigarrillo.
—Que no te vea, dispárale de una vez.
—Mi arma está trabada, ¡putamadre, vamos a morir!
—¿Qué hace ahora?
—Creo que me ha visto…
—Y ¿ahora…?
— …

La puerta de la camioneta se abrió lentamente. Una sombra cubrió la espalda del capitán que le hablaba al micrófono…

¿Y ahora…? ¿y ahora?

Laura sacó un cuchillo de su cinturón y lo acercó al cuello del capitán. Este volteó asustado y la miró a los ojos. Ella sonrió...

Ahora, corre…

—…


lunes, 2 de mayo de 2016

3:33 am.

Apagó el cigarrillo y se fue a acostar. Quiso agarrar sueño, dio unas vueltas en la cama, pero a los pocos minutos el timbre de la casa comenzó a sonar. Salió de su habitación y a oscuras atravesó la sala. Vio por la mirilla y no se veía nada, solo el pasadizo vacío. Preguntó con voz grave: “¿Quién?”, y nadie respondió. Lo hizo una vez más, un poco más fuerte, pero teniendo cuidado de que sus padres no despertaran. Nadie respondió. Se volvió a la cama pensando que quizá algún vecino borracho se equivocó de piso. Cerró los ojos.

Volvió a sonar el timbre, esta vez se pegaron desesperádamente al botón. Saltó de la cama y mientras cruzaba la sala preguntó con voz fuerte y sin importarle que alguien más despertara: “¿Quién?”. Sintió tras la puerta unos pasos. Volvió a preguntar y miró por la pequeña abertura. Un ojo hundido en arrugas se acercaba más y más del otro lado de la puerta. Quiso preguntar de nuevo, pero la voz no le salía. Aquel ojo se quedó inmóvil, mirando fijamente hacia dentro de la casa.

Tragó saliva, —quizá se trate de una broma—. Volvió a preguntar con voz grave pero desmenuzada: “¿Quién?”, y nada. Aquel ojo seguía ahí, inmóvil. ¡Putamadre! Pensó entonces en pegar un manotazo a la puerta, así haría que el sujeto del otro lado se aleje y poder verle el rostro. Golpeó. Miró rápidamente y el ojo permanecía inmóvil. Golpeó otra vez y nada. Golpeó una y otra, y otra vez y nada. ¿Quién eres? ¿Qué quieres? El miedo y la cólera hicieron que lo haga más fuerte pero el ojo seguía ahí. Entonces quiso empujar la mirilla y hundirla, lo logró. 


Metió su dedo, quería dañar a ese ojo. Hurgó, raspó, pero al tacto no sentía nada. Insistió. Cuando se cansó, se asomó con temor por el hoyo que había dejado y no vio nada, solo oscuridad.  Se quedó mirando. No había ruido. El extraño ojo volvió a aparecer.

Se despertó de golpe. La sangre caliente bañaba burbujeante su cara. Se había arrancado el ojo. Según el parte policial, eran las 3:33 a. m.


miércoles, 12 de agosto de 2015

Cláxones

Av. Abancay, 19:06 horas. El tráfico es intenso en ambos sentidos, los autos no avanzan más de 20 centímetros cada 10 minutos, y la violenta balacera de cláxones hace más insoportable cada segundo. Mucha gente camina. Muchos otros se sienten prisioneros dentro de los microbuses. El reloj avanza, los vehículos no.

El olor a hígado frito, en nauseabundo aceite quemado, se cuela por la ventana semiabierta de un taxi rojo que hace media hora intenta dirigirse a la av. México. El taxista maldice a las autoridades que no hacen nada por solucionar el problema del caos vehicular. Su único pasajero lo mira desde el asiento trasero en silencio, mientras se tapa la nariz con un pañuelo empapado en alcohol.


A media cuadra del cruce con la calle Montevideo, seis ladrones miran por las ventanas de los microbuses para ver a qué distraído arrancarle el celular, o lo que se pueda. Cuatro de ellos no llegan a la mayoría de edad, cicatrices incontables en cada uno, ropa holgada fácil de intercambiar después de un robo, una botella plástica con alguna bebida corrosiva, y zapatillas para la huida. Las señoras se aferran a sus paquetes, y los hombres los miran fijamente desde las ventanas de los micros, asumiendo que así los intimidarán, pero resulta todo lo contrario, y no queda más que esquivar sus desafiantes miradas que siempre van acompañadas de un “¿Qué miras conchetumare?”.


El taxi rojo logra avanzar un poco, y se acerca a donde se encuentran los seis malandros. Al pasajero se le escapa una sonrisa detrás del pañuelo. 
Señor, suba su ventana, ahí hay unos angelitos. —dice el taxista preocupado. Pero la ventana bajó en vez de subir, y el taxista no se dio cuenta. El pasajero sacó de su bolsillo un celular y lo puso en su oído derecho.

Frank, el mayor de los seis, codea a Cangri, y con un movimiento de cabeza le indica el objetivo: el celular que lleva el de la capucha en el taxi rojo. Más fácil, imposible. Cangri avanza, pero Frank lo detiene. 
—Es mío chibolo yo lo vi, tú saltón por si se la pega de valiente. —dice mientras destapa su botella, y se acerca sin vergüenza hacia su presa. Los cláxones seguían sonando.


La técnica es simple: tirarle el líquido que hay en la botella a la víctima, para que este instintivamente levante las manos para protegerse, poniendo al alcance el celular y sea más fácil arrancharlo. Frank se pasa de largo para probar cuán distraído está su víctima, y de reojo traza la ruta para su huida. Sonríe e imagina cuánto le darán por el botín. Esta noche habrá ‘pasta’, ron y quizá alcance para un buen culo. Ahora o nunca —piensa Frank y ejecuta exitósamente cada paso del “manual”. Un robo "bien jugado".


—¡Putamadre carajo, rateros de mierda! —grita el taxista— le dije que bajara su luna señor, ¿qué mierda le han echado?

El pasajero se pasa el pañuelo con alcohol en la cara, luego lo dobla metódicamente y saca de su bolsillo izquierdo un pequeño celular. Frank y sus compinches corrieron hacia Montevideo, para perderse entre la procesión de buses interprovinciales congelados en el tiempo. El valioso botín está escondido bajo su ombligo, asegurado por su ajustada correa del pantalón.


Señor, ¿está bien? —preguntaba el taxista ante la extraña tranquilidad de aquel hombre. El pasajero lo miró fijamente y dibujó una sonrisa que apenas se asomaba bajo la capucha que ensombrecía su rostro.

—¿Valía mucho su celular? —preguntó nervioso. El pasajero echó a reír a carcajadas mientras marcaba unos números en el pequeño celular.

Espero que sí —respondió y apretó el botón de llamada.

Una fuerte explosión hizo que los intestinos de Frank quedaran desmenuzados en las ventanas de los buses, mientras su cuerpo quedaba partido en dos. Cangri en el suelo, tenía encima el torso de su secuaz que aún movía la cabeza desesperádamente, con la mirada de los que no saben qué sucede. Había muchos gritos y sangre quemada en el cemento.


Uno menos —dijo el hombre de la capucha. Le dejó 10 soles al taxista y se bajó del vehículo para perderse entre los autos. Los cláxones siguieron sonando.