miércoles, 9 de noviembre de 2016

La mujer que él amaba

San Isidro no podía estar más gris. Pasaban las tres de la tarde cuando, tras haber sido rechazada su propuesta –la cual había trabajado por semanas-, no le quedaba más que sentarse delante de su computadora, mirar a través del gran ventanal que tenía enfrente, y sentirse hecho una gran mierda.

- ¡Qué carajo! Mejor mando todo al diablo. Diez años estudiando, y otros diez recolectando diplomas, para que un niño engreído venga a decirme que “no lo entiende”.

Quizá fueron sus grandes expectativas ante este proyecto, lo que hizo más doloroso el rechazo. Quizá haya sido el haber invertido tantos días en imaginar un final feliz. Quizá sea que sacrificó su aniversario de bodas y llevaba semanas sin hablar con su mujer. Quizá sea que le patearon los testículos del ego. Quizá muchas cosas. Pero aquella tarde gris sanisidrina era la peor de todas. Ese nudo en la garganta crecía más y más, lo ahogaba. Ese hoyo en la boca del estómago comenzaba a doler. Sus ojos ardían y esa mentada de madre al mundo en cualquier momento erupcionaba. Ahí comenzó todo.

En el edificio que estaba a unas cuadras frente a él, la silueta de una persona asomaba fuera de la ventana. Era un octavo o noveno piso, y aquella figura humana simplemente saltó.

- ¡Mierda! ¿Vieron eso? – gritó, llamando la atención de todos sus compañeros.

Minutos después, las redes sociales y la radio confirmaban el suicidio de un empresario extranjero que daba una conferencia en el noveno piso de un reconocido hotel. Según se informaba, cortó su charla de improviso, se dirigió a la ventana y saltó.

- Es extraña esta sensación-pensaba mientras algunos bromeaban sobre los motivos del suicida-, ver a ese hombre perder la vida así, calmó un poco mi rabia. ¿Será que, ver que otros la pasan peor, es reconfortante? Me siento mejor, aunque suene algo cruel.

En ese instante, le comunicaban que podía hacer una nueva presentación al día siguiente. Sonrió, las cosas mejoraban. Regresó a casa pensando en cómo reformular su proyecto en pocas horas. Su mujer le había dejado la comida en el microondas y miraba las noticias en el dormitorio. Él se amaneció en su escritorio, por fin había logrado alinear su propuesta según lo que se le había antojado a su cliente. Eran las 7:00 hrs. Un duchazo. Miró a su mujer que aún dormía, le dijo “adiós” muy bajito, y salió para la oficina.

***

La una de la tarde empujaba a todos fuera de la oficina. Pero él se quedó sentado otra vez frente a su computadora, mirando por la ventana. Tenía los ojos rojos. El cliente pidió que otro sea el encargado del proyecto. La impotencia y la rabia invadían su cuerpo, su puño ahorcaba el último hilo de calma que le quedaba y un sonido en la calle lo despertó de ese infierno. De lo alto del edificio en construcción, que estaba a la otra cuadra, una lonchera se estrellaba contra el pavimento. Los cláxones comenzaron a sonar. Volteó la mirada, y vio caer a un obrero. El golpe seco estremeció cada célula de su cuerpo.

- ¡Dios santo! –gritó-, ¡la gente está loca! ¿Qué les pasa? Putamadre, ese hombre… ¿cómo se le ocurre? ¡Mierda! Está todo reventado… - corrió al baño a vomitar.

Desde la ventana de su oficina, en el sétimo piso de un moderno edificio, él miraba cómo la policía, bomberos, ambulancias, prensa y curiosos se aglomeraban ante ese desagradable espectáculo de sesos regados. La radio informaba que “el obrero dejaba 5 hijos en la orfandad y, según sus compañeros, no presentaba signos de algún desequilibrio mental o de haber bebido horas antes. Él almorzaba tranquilo, se paró, soltó su lonchera y saltó”.

Apagó la radio. El director de la empresa se acercó y le tocó el hombro. Si bien él esperaba una mala noticia, fue todo lo contrario. El respaldo por parte de la consultora hacia su trabajo le devolvía la batuta de este proyecto que ya lo traía loco.

Regresó a casa y encontró la comida en el microondas, y a su esposa arriba, viendo las noticias. Dos suicidios, en dos días, en el corazón empresarial de San Isidro, daban para la pauta entera de los noticieros.

- ¿Sabes que fui testigo de ambos suicidios? La gente está loca.
- Mucho estrés laboral, eso aloca a cualquiera…
-  Sé por dónde vas. Te prometo que te recompensaré…
- ¿Qué? –lo interrumpió molesta- ¿Quieres decir que tienes que recompensarme a mí? ¿A mí? O sea, ¿yo soy la única que quiere pasar tiempo juntos, yo soy la única que esperaba este aniversario, yo soy la única que ama…? ¿Por eso tengo que ser recompensada? ¿Yo? ¡Jódete!

Él salió de la habitación. Bajó las escaleras molesto. Su orgullo le decía que ella no entendía lo que él hacía por darle lo mejor, pero en el fondo sabía que ella siempre tenía la razón. Siempre.

***

A la mañana siguiente se reunió con su equipo de trabajo, planteó nuevos ajustes, todo iba bien, hasta que una llamada de su suegra, diciéndole que era un esposo frío e irresponsable con su hija, le cagó la mañana.

- Ya entiendo por qué la gente se mata: ¡suegras! –renegaba frente a la ventana-. A ver tú –señalando con el dedo a un hombre que miraba por la ventana de otro de los edificios-. Sí, tú, el de azul, de seguro tienes suegra. Tírate por la ventana y acaba con tu martirio.

Aquel hombre de azul, sacó todo su cuerpo por la ventana y saltó. Los gritos invadieron la calle. La sangre también.

- ¡Pero qué carajos! ¡No puede ser! ¿Qué mierda está pasando?

Comenzó a carcomerse las uñas y el cerebro pensando en si él tenía la culpa de la muerte de ese hombre, o fue pura coincidencia. El celular sonó, era su mujer, quería arreglar las cosas. Él sonrió y se olvidó del resto.


Al amanecer, todo lucía mejor. La jornada en la oficina estuvo sus altas y bajas. Cuando discutió con el desarrollador en jefe, a los 5 minutos una mujer se lanzaba de otro edificio cercano, y luego, el mismo desarrollador le pedía disculpas y le daba la razón.  Al otro día, y las semanas siguientes, fue igual: cuando algo malo le ocurría, una persona de algún edificio aledaño se lanzaba y las cosas mejoraban.

Las cosas iban mejor que nunca. En casa todo era amor, el proyecto ya estaba encaminado, el ascenso se dio, su maldita tos de cigarro había desaparecido, lo único negativo –para él- eran las pesadillas que lo despertaban a las 3:33 hrs. todos los días. Cuarenta y dos suicidios casi a diario eran algo que nadie podía explicar, y aunque el quizá se sentía culpable, era preferible mejor no pensar en ello. ¡Total, todo le iba bien! Al llegar a la consultora temprano, para mudar sus cosas a la nueva y linda oficina que su ascenso merecía, se dio con la sorpresa de que su mujer le había dado el alcance para compartir su gran momento. Pidió a recepción que la dejen subir, mientras él se despedía de su antiguo escritorio.


Miró a través de la ventana, por un segundo pensó en aquellas personas que habían caído de cada edificio que tenía enfrente. Todas esas muertes que quizá cimentaron su éxito actual. No, era mejor no pensar en eso. Sonó su celular.

- Aló, ¿quién habla?
- ¡Se fue todo a la mierda! –gritó desesperado el desarrollador en jefe de la consultora- ¡El sistema colapsó! ¡Se han perdido millones de dólares!
- ¿Qué hablas? ¡Eso es imposible!
- ¡Te lo dije! Había una falla, ahora la consultora se va a ir a la misma mierda. – colgó.

Se sentó de golpe, vio por la ventana. Sabía dentro de él que, si quería que esto se solucionara, alguien tenía que saltar de un edificio. Trató de ubicar cuál era el edificio que no había tenido ningún suicida, no encontró. Los contó, eran exactamente 42 edificios que se veían desde su ventana, el mismo número de muertos. ¡Putamadre, no quedan edificios! – pensó.

- ¡Mierda! ¿Y ahora? Esto se tiene que solucionar. De alguna manera se tiene que solucionar. –pensaba, mientras caminaba desesperado por el pasadizo rumbo a su nueva oficina.

Abrió la puerta, y vio a la mujer que él amaba parada en la ventana.