La orden fue clara: matarlo sin compasión. Eran las 3 de la
madrugada, y los 4 soldados se internaron en el pantano mientras eran monitoreados
por su capitán desde una camioneta camuflada en la oscuridad. Era difícil
rastrear al objetivo, él había sido uno de los mejores comandos de aquel
equipo, hasta que un día perdió la razón. ¡Alto! —susurró Laura—. El equipo se
detuvo. Había una luz entre la espesura.
Laura, Carlos, Gustavo y José tenían miedo. Él podía con los
4 fácilmente, pero tenían que eliminarlo. ¿Cómo un hombre tan cabal podía haber
enloquecido tanto, convirtiéndose en un peligro para la sociedad, para su
escuadrón y para él mismo? La noche anterior, aquel mismo héroe de guerra había
acabado con la vida de 12 soldados miembros de su equipo, solo ellos 4 se
habían salvado gracias a una misión de último minuto junto a su capitán. Cuando
regresaron, encontraron el cuartel convertido en un lodazal de sangre y vísceras.
Laura y José fueron por él. El capitán desde la camioneta
les daba las indicaciones por la radio. No lo quiero vivo a ese maldito —gruñía por los auriculares de los soldados—, no le den opción a reaccionar, si
lo hace estamos jodidos. La humedad del pantano se mezclaba con el terror que
recorría sus cuerpos, el ruido de las aves y animales convertían aquella escena
en una pesadilla. A pocos metros, vieron que se trataba de una cabaña en ruinas.
La luz era una fogata. Esta se apagó.
¡Putamad...! —gritó José mientras una flecha atravesaba su
garganta—. Laura cayó al fango. ¿Qué mierda está pasando? —preguntaba el
capitán oyendo los gemidos ahogados por los borbotones de sangre de su soldado—.
Vayan por él —ordenó a los otros dos— destrocen a ese desgraciado. Carlos y
Gustavo prendieron sus lentes infrarrojos, sabían que habían caído en una
trampa y solo les quedaba pelear por sus vidas. Capitán, ¿y Laura? —preguntó
por la radio Gustavo—. ¡Qué mierda me importa esa zorra! ¡Lo quiero muerto a
él! ¿Entienden? ¡Muerto! —gritó el capitán invadido por el miedo—.
Dos días antes, aquel hombre que perseguían había
descubierto algo, pero ¿qué? Carlos y Gustavo se separaron. Capitán, encontré a
Laura, está inconsciente —avisó Carlos por la radio—. Déjala, preocúpate de ese loco, igual
ella no nos servirá de nada ahora —dijo el capitán. Se oyó un ruido a pocos
metros. Carlos se agachó, todo estaba oscuro, el infrarrojo no detectaba nada.
Los animales callaron, todo quedó en silencio, excepto por la respiración
pesada del soldado. ¿Dónde estás loco de mierda? —pensaba Carlos, mientras se
orinaba en los pantalones—. Fue lo último que pudo pensar. Un cuchillo atravesó
su casco y su cráneo como si se tratara de alguien abriendo un coco.
Carlos, Carlos, responde, ¿estás ahí? —preguntaba el capitán que oyó por la
radio ese chirrido del metal atravesando el hueso—.
Gustavo, sal de ahí —ordenó el capitán— corre, retirada.
Pero, ¿y Laura? —respondió asustado-. Que corras mierda, ¡corre! El soldado
emprendió la huida, pero el miedo lo había desorientado, llevándolo a la
cabaña. Trató de esconderse y tropezó con una mochila. Prendió su pequeña
linterna y vio lo que había en ella.
—¡La conchasumadre! —exclamó—. Capitán, el hijo de puta lo sabe todo.
—¿Qué dices? —respondió asustado desde su camioneta.
—Que lo sabe todo carajo, tiene una mochila llena de pruebas...tiene... tiene hasta su laptop.
—Tráelo todo, corre —ordenó lleno de miedo— igual nadie le creerá, y a Laura démosla por muerta, solo ellos 2 eran nuestros cabos sueltos, ¡corre!
—¡La conchasumadre! —exclamó—. Capitán, el hijo de puta lo sabe todo.
—¿Qué dices? —respondió asustado desde su camioneta.
—Que lo sabe todo carajo, tiene una mochila llena de pruebas...tiene... tiene hasta su laptop.
—Tráelo todo, corre —ordenó lleno de miedo— igual nadie le creerá, y a Laura démosla por muerta, solo ellos 2 eran nuestros cabos sueltos, ¡corre!
—Ya es muy tarde, lo veo. Viene para acá.
—Escóndete. ¿Qué es lo que está haciendo?
—Prende un cigarrillo.
—Que no te vea, dispárale de una vez.
—Mi arma está trabada, ¡putamadre, vamos a morir!
—¿Qué hace ahora?
—Creo que me ha visto…
—Y ¿ahora…?
— …
La puerta de la camioneta se abrió lentamente. Una sombra cubrió
la espalda del capitán que le hablaba al micrófono…
—¿Y ahora…? ¿y ahora?
Laura sacó un cuchillo de su cinturón y lo acercó al cuello
del capitán. Este volteó asustado y la miró a los ojos. Ella sonrió...
—Ahora, corre…
—…

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