El olor a hígado frito, en nauseabundo aceite quemado, se
cuela por la ventana semiabierta de un taxi rojo que hace media hora intenta dirigirse
a la av. México. El taxista maldice a las autoridades que no hacen nada por
solucionar el problema del caos vehicular. Su único pasajero lo mira desde el asiento
trasero en silencio, mientras se tapa la nariz con un pañuelo empapado en
alcohol.
A media cuadra del cruce con la calle Montevideo, seis ladrones
miran por las ventanas de los microbuses para ver a qué distraído arrancarle el
celular, o lo que se pueda. Cuatro de ellos no llegan a la mayoría de edad, cicatrices
incontables en cada uno, ropa holgada fácil de intercambiar después de un robo, una
botella plástica con alguna bebida corrosiva, y zapatillas para la huida. Las señoras se aferran a sus paquetes,
y los hombres los miran fijamente desde las ventanas de los micros, asumiendo
que así los intimidarán, pero resulta todo lo contrario, y no queda más que
esquivar sus desafiantes miradas que siempre van acompañadas de un “¿Qué miras
conchetumare?”.
El taxi rojo logra avanzar un poco, y se acerca a donde
se encuentran los seis malandros. Al pasajero se le escapa una sonrisa detrás del pañuelo.
—Señor, suba su ventana, ahí hay unos angelitos. —dice el taxista preocupado. Pero la ventana bajó en vez de subir, y el taxista no se dio cuenta. El pasajero sacó de su bolsillo un celular y lo puso en su oído derecho.
—Señor, suba su ventana, ahí hay unos angelitos. —dice el taxista preocupado. Pero la ventana bajó en vez de subir, y el taxista no se dio cuenta. El pasajero sacó de su bolsillo un celular y lo puso en su oído derecho.
Frank, el mayor de los seis, codea a Cangri, y con un
movimiento de cabeza le indica el objetivo: el celular que lleva el de la
capucha en el taxi rojo. Más fácil, imposible. Cangri avanza, pero Frank lo
detiene.
—Es mío chibolo yo lo vi, tú saltón por si se la pega de valiente. —dice mientras destapa su botella, y se acerca sin vergüenza hacia su presa. Los cláxones seguían sonando.
—Es mío chibolo yo lo vi, tú saltón por si se la pega de valiente. —dice mientras destapa su botella, y se acerca sin vergüenza hacia su presa. Los cláxones seguían sonando.
La técnica es simple: tirarle el líquido que hay en la
botella a la víctima, para que este instintivamente levante las manos para
protegerse, poniendo al alcance el celular y sea más fácil arrancharlo. Frank
se pasa de largo para probar cuán distraído está su víctima, y de reojo traza
la ruta para su huida. Sonríe e imagina cuánto le darán por el botín. Esta
noche habrá ‘pasta’, ron y quizá alcance para un buen culo. Ahora o nunca —piensa Frank y ejecuta exitósamente cada paso del “manual”. Un robo "bien jugado".
—¡Putamadre carajo, rateros de mierda! —grita el taxista— le dije que bajara su luna señor, ¿qué mierda le han echado?
—¡Putamadre carajo, rateros de mierda! —grita el taxista— le dije que bajara su luna señor, ¿qué mierda le han echado?
El pasajero se pasa el pañuelo con alcohol en la cara, luego
lo dobla metódicamente y saca de su bolsillo izquierdo un pequeño celular.
Frank y sus compinches corrieron hacia Montevideo, para perderse entre la
procesión de buses interprovinciales congelados en el tiempo. El valioso botín
está escondido bajo su ombligo, asegurado por su ajustada correa del pantalón.
—Señor, ¿está bien? —preguntaba el taxista ante la extraña
tranquilidad de aquel hombre. El pasajero lo miró fijamente y dibujó una
sonrisa que apenas se asomaba bajo la capucha que ensombrecía su rostro.
—¿Valía mucho su celular? —preguntó nervioso. El pasajero
echó a reír a carcajadas mientras marcaba unos números en el pequeño celular.
—Espero que sí —respondió y apretó el botón
de llamada.
Una fuerte explosión hizo que los intestinos de Frank
quedaran desmenuzados en las ventanas de los buses, mientras su cuerpo quedaba
partido en dos. Cangri en el suelo, tenía encima el torso de su secuaz que
aún movía la cabeza desesperádamente, con la mirada de los que no saben qué
sucede. Había muchos gritos y sangre quemada en el cemento.
