—¿Y ella? ¡Qué hermosa!
Definitivamente es la mujer más bella que he visto —pensó
sin ocultar su rostro de sorpresa—. Parece
que hoy no será un domingo cualquiera.
Y parece que
tenía razón, aunque el escenario no era tan romántico como uno se puede imaginar,
era un cementerio. Él acudía todos los sábados y domingos a visitar la tumba de
su madre para hablarle y contarle sus cosas. Ella, la guapa señorita, lloraba y
dejaba flores a su padre, acompañada de algunos familiares. Aquel era el primer
domingo que la vio, a unas cuantas lápidas de distancia.
—¡Qué bonita! Debe
tener sus 24 a lo mucho, no veo novio por ningún lado. Un novio debería
acompañarla en estos momentos de dolor, pero no, solo están esas señoras y ese
niño travieso que patea las flores que le dejaron al señor Torrealva. Pobre, se
ve muy triste —seguía
pensando hasta que se acordó del por qué estaba ahí—.
Perdón madre, creo que acabamos de
conocer a tu futura nuera.
Media hora más
tarde, cuando terminó aquella charla íntima con su mamá, volteó y la joven, ni
sus familiares, estaban. —Caray, se me fue. Ojalá
vuelva pronto.
Aquella noche,
él no podía dejar de pensar en la guapa joven de cabellos claros, rostro
delicado y piel rosada. Parecería una tontería, pero él sentía que se había
enamorado a primera vista. El domingo siguiente llegó, y ella estaba ahí, esta
vez sola.
—Bueno, esta es una señal.
Me presentaré, la invitaré a tomar un café después, me dará su número y… me
mirará con cara de asustada, pensará que soy un loco, gritará y saldrá
corriendo… No, mejor no. Mejor primero me haré notar. ¿Tú qué dices viejita? Ya
pues, dime algo —sonrió,
y sin darse cuenta, pisó mal y cayó al suelo botando un jarrón de flores.
La joven volteó
algo asustada. Él le sonrió, y ella puso rostro de extrañada, inmediatamente su
celular sonó.
—¿Aló? —contestó
ella con una voz muy dulce—.
Sí, hola. En un rato voy para allá. Vine a ver a mi padre. (…) Sí, lo sé. (…) No,
ya no las estoy tomando, y no soy una niña para que estén controlándome. (…)
Está bien, lo siento. Es que todo esto es tan difícil, y por mi culpa. (…) Ya,
ya, voy para allá —colgó
e inmediatamente se retiró.
—¿Voy o no voy? —se
preguntaba él—,
aunque parece molesta, no creo que sea un
buen momento. ¡Ya! si regresa la otra semana, es porque el destino me está diciendo
“anda idiota, háblale”. Así que me aguantaré unos días más. Si no es, no es
pues. Y si es, es… Ya comencé a decir idioteces. Toma tus flores mamita, nos
vemos la otra semana.
*******
Como buen
cobarde, las siguientes semanas no hizo más que mirarla y pelearse consigo
mismo por no atreverse a hablarle. Ella, en cambio, se sumergía cada vez más en
su dolor, y su rostro lo evidenciaba. Se notaba ida, tanto así que, si él se hubiera
acercado y puesto en frente cantándole una canción, ella no lo hubiera notado.
El domingo
número 7 ella no fue, ni el siguiente, pero siempre aparecían rosas en la tumba
de su padre. Él, preocupado, se puso a vigilar la lápida y se dio cuenta de que
era el cuidador del cementerio quien las ponía. Don Iván era un octogenario que
llevaba décadas cuidando el camposanto y era famoso por su buen carácter y su
manía de hablar solo, hay quienes decían que ya estaba loco.
—Don Iván, disculpe.
—¡Ay carajo! No te
aparezcas así, ¿no ves que ya estoy a punto de mudarme metros bajo tierra?
—Disculpe, pero quería
preguntarle ¿por qué coloca esas rosas en esta tumba? ¿Qué pasó con la familia?
—Ah, eso. Nada, me pagan
por hacerlo. Antes venía la hija, pero parece que algo le pasó y no podrá venir
por un tiempo.
—¿Qué le pasó? —preguntó
asustado—. ¿Está bien? ¿Sufrió un
accidente?
—No, según dicen, a la
joven le patinaba el coco tras la muerte de su padre y se echaba la culpa de su
muerte. Ella conducía el auto donde murió el viejo. Bueno, eso lo oí en el
entierro. Tú sabes…
—Pero, ¿está bien?
—No lo sé, a mí solo me
dijeron que quizá ya no vendría. Alicia, así se llamaba.
—¡Alicia! No puede ser, y
yo nunca le pude hablar. ¿Tiene alguna dirección, un teléfono?
—Hijo, ¿qué crees, que soy
la secretaria del cementerio? Si lo encuentro te aviso.
—Ok, hágame ese favor. Yo
vengo…
—SÍ, sí ya sé dónde
encontrarte.
La noticia lo
dejó helado. Si a la muchacha le había pasado algo él no podría perdonárselo
nunca. A cada instante, pronunciaba su nombre. “Alicia”. Y así, los domingos pasaron y ella no volvió. Tampoco Don Iván
daba luces de algún dato. Él comenzó a perder la esperanza de volverla a ver.
Un domingo de
enero, él se encontraba hablando frente a la tumba de su madre, volteó y ella
estaba ahí, tan hermosa, frente a la tumba de su papá.
—¡Alicia! —dijo emocionado. Ella volteó.
—Hola, ¿me conoces?
—¡Eh! No. Bueno, sí —no sabía qué decir, la grata sorpresa le
había jugado una mala pasada y no había una excusa razonable que saliera de su
boca—.
Eh…
—Disculpa, no tengo mucho
tiempo, me tengo que ir, me esperan.
—¿Regresarás?
—Sí, el otro domingo, o
antes, no sé. Nos vemos.
—¡Chau!
—¡Chau! —ella sonrió y se fue.
La emoción no
cabía en él. Ella estaba de vuelta y le había hablado por fin. Ya sabía de su
existencia. Ya tenía una excusa para poder hablarle de ahora en adelante. Dejó
las flores en la tumba de su madre y se fue caminando con una gran sonrisa.
—Alicia me habló, con esa
dulce voz. Me miró con sus bellos y enormes ojos café. Me sonrió. Es tan
amable, tan linda. Y me dijo: “nos vemos”. ¡Ay! Siento que la amo. Siento… me
siento tan feliz.
Ese domingo no
fue un domingo cualquiera. Ese domingo, él regresó a descansar a su tumba con
una gran sonrisa.
—¡Bienvenida, mi Alicia!

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