Tenía alrededor de 7 u 8 años, cuando la memoria ya se iba consolidando en mí. Mi madre, debido a su trabajo de estilista, tenía entre su clientela a señoras de diversos estratos sociales con las cuales desarrollaba una gran amistad, creo que así llegué a aquella casa de Surco, una casa que tras sus muros de ladrillos pintados de celeste, escondía una mansión enorme, con esos jardines inmensos que se ven en las películas inglesas y de una arquitectura palaciega (no se me ocurre otro término).
Eran sábados, los días en que mi hermana y yo acompañábamos a mi madre a aquel maravilloso lugar, en donde siempre nos esperaban en la puerta dos niños pulcramente vestidos con sus "ropas de domingo", que, me imagino, serían ropas habituales en ellos debido a su condición económica alta.
Ella, la menor, lucía siempre un vestido blanco, con sus medias "cubanitas" y zapatos de charol negro; él, que más o menos tenía mi edad, pantalones cortos, camisa y un chaleco a cuadros; así los recuerdo. Nos pasábamos horas jugando infinidad de juegos: canicas, escondidas, a la cocinita, gallinita ciega, y muchos más.
Yo, creo, estaba enamorado de aquella niña de cabellos largos y castaños, y anteojos más grandes que su rostro, no sé si por su risa contagiosa, o por la ternura que siempre inspiraba cuando quedaba triste al oír el grito de mi madre desde el primer piso:
"Daniel, Mili, ya vamos a la casa". No solo ella quedaba triste, no había peor cosa en mi niñez que oír ese grito cuando nos divertíamos tanto jugando.
Un sábado de tantos, mientras jugábamos a las escondidas, se volvió a oír aquel grito. Yo me encontraba escondido en un baúl, y al querer salir me fue imposible abrirlo. Grité y pataleé hasta que ella, la niña, lo abrió con ojos llorosos diciéndome:
"es que no quiero que te vayas, tu mamá ya no va a regresar". Asustado bajé corriendo al jardín donde mi madre me esperaba con mi hermanita, pero no vi algún indicio de pelea o malestar, todos se despedían tan amigables como siempre, la única triste era aquella niña. Cuando me acerqué a despedirme ella dijo algo que nunca olvidaría:
"No te preocupes, nos volveremos a ver". Ella se quedó parada en las escalinatas de su puerta mientras yo me alejaba por su inmenso jardín. Tomamos las 23 y nunca más volví a aquella casa y nunca olvidé el rostro de aquella niña.
"No te preocupes, nos volveremos a ver".
Muchos años más tarde, ya en la adolescencia, cuando ir al parque Kennedy con los amigos del barrio era una tradición de los viernes y gastarnos todo el dinero en el Bing Bang y en un helado de a sol en McDonalds; conocí a mi primera "enamorada", una niña casi rubia de la cual creo que solo besé dos veces porque la relación duró una semana, un deja vú de mi futuro sentimental.
Se llamaba July y la conocí gracias a un amigo al cual se le acercaron dos pituquitas y le hicieron el habla, yo de colado, acompañé a un segundo encuentro de las dos chicas con mi amigo, deja vú del futuro sentimental de mi amigo. Eran dos primas, ese día mi amigo se amarró con la más pequeña y la otra ni bola me daba, tanto, que a la siguiente cita no regresó, pero apareció July. Los cuatro bajamos a caminar por la playa, nos separamos en parejas y cuando nos volvimos a reunir éramos más parejas. Luego nos perdimos y no supimos como regresar al Kennedy, pero eso ya es otra historia.
Como dije, la relación duró una semana, es decir, hubo una segunda cita y no la volví a ver, pero seguí acompañando como excelente violinista a mi amigo a visitar a su enamorada. Un día, llegamos a casa de ella, nos hizo pasar su hermano que llevaba cara de pocos amigos, aunque tenía muchos que lo acompañaban en ese instante, que ¡Oh casualidad! también llevaban caras de pocos amigos, ¿quién los entiende?
Nos sentamos en sus cómodos muebles mientras ella se terminaba de bañar. En la mesa, esas que siempre tienen una lámpara que dice "rómpeme", habían fotos familiares, y entre ellas había una fotografía de aquella niña que mencioné en los primero párrafos, con el mismo vestido blanco, medias "cubanitas", zapatos de charol, cabellos largos y castaños, y unos anteojos que parecían pesar 3 kilos ochocientos. Hubo silencio, el flashback fue desconcertante, cuando ella bajó, la reconocí, ella no a mí. La niña se llamaba Jessica y era enamorada de mi mejor amigo.
¿Qué pasó después? Nada. Me di cuenta de lo extraña que es la vida, o la mente. Pues la niña y toda la historia narrada en la primera parte, era un sueño recurrente que tenía en mi infancia. Esa niña solo existía en mi mente, y diez años después estaba frente a mí, claro besando a mi mejor amigo.
Sí es el amor de mi vida, o el destino nos tenía que juntar, nunca lo sabré, solo sé que viajó a España, ella era de allá. No recuerdo si le llegué a contar esto a mi amigo, o se está enterando de esto en este instante. Pero en fin, aprendí algo, los sueños siempre estarán muy ligados a la realidad, los sueños existen y son tangibles, tanto, que hasta tu mejor amigo puede besar a la niña de tus sueños.