miércoles, 29 de mayo de 2013

¿Qué hay para el lunes? ¿Se presenta algo?

Regresé a mi casa a las 8 de la mañana, mi madre estaba ya despierta en la cocina. Fui hacia ella. Me abrazó fuertemente y me dijo: "Te felicito hijito, tus logros son mis logros". Una lágrima quería escapar a empujones de mis ojos, pero no la dejé. Inflé el pecho y secuestré el aire hasta que me devolvió mi fortaleza bajo amenaza. "Sí mamá, egresé. Ya terminé la carrera".

Me sentí por un momento orgulloso de mí, feliz. No por haber pasado todo ese tiempo en las aulas, ni por haber cubierto las notas que necesitaba para llegar a la meta, si no, porque mi madre estaba feliz. Estaba orgullosa. Mi viejita sonreía, y era el espectáculo más maravilloso del mundo.

Horas antes, aún en el instituto, veía a mis compañeros reuniéndose para pasar "El fin del Mundo" juntos, el último día como compañeros, juntos. Algunos se fueron sin despedirse, quizá porque sea mejor así. Otros, nos fuimos a "celebrar". Unos cantaban, otros saltaban, los flashes eran imparables. Vasos llenos, jarras vacías, historias a medias; y un "te voy a extrañar" que rebotaba en el bar. Me senté, los miraba. Cada uno era tan diferente al otro, cada uno con un talento diferente. Extrañé a Rony, mi hermano, mi hijo, mi amigo. 

Y entre la bulla y la alegría, me dije a mí mismo: "Ellos no saben que son los personajes de la historia más importante de mi vida. La mejor parte del guión de mi película". Y creo que borracho después se los dije, aunque el alcohol habrá disuelto aquel recuerdo en ellos. A los que están y a los que estuvieron. Los voy a extrañar, y sé que ellos a mí. Todos formábamos parte de un "algo", aún aquellos que no se hablaban o peleaban, eran parte de "algo". Ese "algo" que ya no tendrá un lunes a las 6pm, ni un viernes a las 10:30pm. Ese "algo" ahora es un hueco en mi agenda, una pregunta en mi cabeza y un recuerdo que lleva de utilería una sonrisa.

¿Qué haré ahora?, el mundo cambió como dijeron, avanzar es la consigna y crecer es la meta. Pero ¿y mis "300"? ya no estarán ahí. ¿Melancolía? Sí. Y solo ha pasado un día. Es así, es la resaca de tres años. Me conecté al Facebook, entré a la Comunidad de Comunicación Audiovisual VI Ciclo y publiqué la única manera que se me ocurrió para decirles cuanto los iba a extrañar: "¿Qué hay para el lunes? ¿Se presenta algo?"

"La Carta"

Querido amigo:

Esta tarde te vi después de casi 29 años, salí a pasear y quise ver qué sería de ti. Pude haberlo hecho antes, sólo que no me atreví a hacerlo, me daba miedo enfrentarte, y sobretodo, que me vieras. Estoy mucho más viejo, aunque tú no estás como te recuerdo, claro, han pasado casi 29 años. Aunque no lo creas, me perdí jajajajaja y yo que siempre me jactaba de la buena memoria que tenía. Sí, ya estoy viejo, debo aceptarlo. Ok, ya hablé mucho de mí. Y para eso no te escribo, ya tendrás suficiente tiempo para saber de mí, aunque espero que no.


Vine, porque te extrañaba. A pesar de haber vivido tanto, viajado por muchos lugares y conocido tanta gente, nunca conocí a alguien como tú. He tocado guitarra de vez en cuando y nunca me divertí como lo hacia contigo, y eso que nunca fuiste un buen guitarrista, pero era fascinante ver como viajabas a un mundo lejano cuando cantabas una canción, y eso, sólo yo lo pude ver, porque siempre fuiste un maricón que le daba vergüenza cantar delante de la gente, al menos sobrio nunca lo hacías. ¿Sabes? algún día te arrepentirás de eso, te quedaste amigo mío. Hay un escenario que quedó vacío, yo sé por qué lo digo.


Sé que andas enamorado, y esta vez tienes miedo. Carajo, supera el pasado, pero de verdad, no con la careta sonriente con la que huyes siempre y que nadie se da cuenta. Esta vez no metas la pata, se hombre y no hagas daño, tú también aprende de tus errores, deja de hacer del ataque tu mejor defensa, en el amor, las cosas no funcionan así.


Tú dirás, por qué te digo tantas cosas, cómo es que te digo amigo, sí no tienes la menor idea de quién soy. Sigues siendo tan despistado como siempre. Pero te entiendo amigo mío, ha pasado tanto tiempo y estoy irreconocíble. La última vez que nos vimos, fue aquella tarde en que te hicieron la propuesta más importante de tu vida, desde ese día no nos volvimos a ver, yo fui quién me alejé.


Por eso he regresado, aunque sigo siendo el cobarde de siempre y sólo esta carta te puedo dar. Sé que no sabes de qué momento te hablo ¿no? te entiendo igual, aún no ha sucedido, pero está por suceder, estate atento amigo mío, que esa oportunidad ya no volverá. Te lo digo yo, que ahora vivo con sueños rotos y en soledad.


Han pasado casi 29 años, amigo mío. Ya te tengo que dejar, me espera otra botella de ron en mi departamento, que aunque es cómodo, sólo esta adornado por montones de "pudo ser" y "quizás". Me he preparado una fiesta sorpresa porque a medianoche tu y yo cumplimos 60 y ya no habrá más.


Me despido tocayo, aprende de cada momento y aprovecha cada oportunidad, no termines como yo, trata de llegar a los sesenta y más. Si me preguntas por qué te escribo ahora, es porque sé que estás muy bien y las cosas pueden cambiar. Nunca dejes tus sueños como lo hice yo, hace 29 años atrás.


Atentamente,


7ú.


Barranco, 6 de marzo del 2041

La niña de los anteojos enormes

Tenía alrededor de 7 u 8 años, cuando la memoria ya se iba consolidando en mí. Mi madre, debido a su trabajo de estilista, tenía entre su clientela a señoras de diversos estratos sociales con las cuales desarrollaba una gran amistad, creo que así llegué a aquella casa de Surco, una casa que tras sus muros de ladrillos pintados de celeste, escondía una mansión enorme, con esos jardines inmensos que se ven en las películas inglesas y de una arquitectura palaciega (no se me ocurre otro término).


Eran sábados, los días en que mi hermana y yo acompañábamos a mi madre a aquel maravilloso lugar, en donde siempre nos esperaban en la puerta dos niños pulcramente vestidos con sus "ropas de domingo", que, me imagino, serían ropas habituales en ellos debido a su condición económica alta.


Ella, la menor, lucía siempre un vestido blanco, con sus medias "cubanitas" y zapatos de charol negro; él, que más o menos tenía mi edad, pantalones cortos, camisa y un chaleco a cuadros; así los recuerdo. Nos pasábamos horas jugando infinidad de juegos: canicas, escondidas, a la cocinita, gallinita ciega, y muchos más.


Yo, creo, estaba enamorado de aquella niña de cabellos largos y castaños, y anteojos más grandes que su rostro, no sé si por su risa contagiosa, o por la ternura que siempre inspiraba cuando quedaba triste al oír el grito de mi madre desde el primer piso: "Daniel, Mili, ya vamos a la casa". No solo ella quedaba triste, no había peor cosa en mi niñez que oír ese grito cuando nos divertíamos tanto jugando.


Un sábado de tantos, mientras jugábamos a las escondidas, se volvió a oír aquel grito. Yo me encontraba escondido en un baúl, y al querer salir me fue imposible abrirlo. Grité y pataleé hasta que ella, la niña, lo abrió con ojos llorosos diciéndome: "es que no quiero que te vayas, tu mamá ya no va a regresar". Asustado bajé corriendo al jardín donde mi madre me esperaba con mi hermanita, pero no vi algún indicio de pelea o malestar, todos se despedían tan amigables como siempre, la única triste era aquella niña. Cuando me acerqué a despedirme ella dijo algo que nunca olvidaría: "No te preocupes, nos volveremos a ver". Ella se quedó parada en las escalinatas de su puerta mientras yo me alejaba por su inmenso jardín. Tomamos las 23 y nunca más volví a aquella casa y nunca olvidé el rostro de aquella niña. "No te preocupes, nos volveremos a ver".


Muchos años más tarde, ya en la adolescencia, cuando ir al parque Kennedy con los amigos del barrio era una tradición de los viernes y gastarnos todo el dinero en el Bing Bang y en un helado de a sol en McDonalds; conocí a mi primera "enamorada", una niña casi rubia de la cual creo que solo besé dos veces porque la relación duró una semana, un deja vú de mi futuro sentimental.


Se llamaba July y la conocí gracias a un amigo al cual se le acercaron dos pituquitas y le hicieron el habla, yo de colado, acompañé a un segundo encuentro de las dos chicas con mi amigo, deja vú del futuro sentimental de mi amigo. Eran dos primas, ese día mi amigo se amarró con la más pequeña y la otra ni bola me daba, tanto, que a la siguiente cita no regresó, pero apareció July. Los cuatro bajamos a caminar por la playa, nos separamos en parejas y cuando nos volvimos a reunir éramos más parejas. Luego nos perdimos y no supimos como regresar al Kennedy, pero eso ya es otra historia.


Como dije, la relación duró una semana, es decir, hubo una segunda cita y no la volví a ver, pero seguí acompañando como excelente violinista a mi amigo a visitar a su enamorada. Un día, llegamos a casa de ella, nos hizo pasar su hermano que llevaba cara de pocos amigos, aunque tenía muchos que lo acompañaban en ese instante, que ¡Oh casualidad! también llevaban caras de pocos amigos, ¿quién los entiende?


Nos sentamos en sus cómodos muebles mientras ella se terminaba de bañar. En la mesa, esas que siempre tienen una lámpara que dice "rómpeme", habían fotos familiares, y entre ellas había una fotografía de aquella niña que mencioné en los primero párrafos, con el mismo vestido blanco, medias "cubanitas", zapatos de charol, cabellos largos y castaños, y unos anteojos que parecían pesar 3 kilos ochocientos. Hubo silencio, el flashback fue desconcertante, cuando ella bajó, la reconocí, ella no a mí. La niña se llamaba Jessica y era enamorada de mi mejor amigo.


¿Qué pasó después? Nada. Me di cuenta de lo extraña que es la vida, o la mente. Pues la niña y toda la historia narrada en la primera parte, era un sueño recurrente que tenía en mi infancia. Esa niña solo existía en mi mente, y diez años después estaba frente a mí, claro besando a mi mejor amigo.


Sí es el amor de mi vida, o el destino nos tenía que juntar, nunca lo sabré, solo sé que viajó a España, ella era de allá. No recuerdo si le llegué a contar esto a mi amigo, o se está enterando de esto en este instante. Pero en fin, aprendí algo, los sueños siempre estarán muy ligados a la realidad, los sueños existen y son tangibles, tanto, que hasta tu mejor amigo puede besar a la niña de tus sueños.