Apagó el cigarrillo y se fue a acostar. Quiso agarrar sueño,
dio unas vueltas en la cama, pero a los pocos minutos el timbre de la casa
comenzó a sonar. Salió de su habitación y a oscuras atravesó la sala. Vio por
la mirilla y no se veía nada, solo el pasadizo vacío. Preguntó con voz grave: “¿Quién?”,
y nadie respondió. Lo hizo una vez más, un poco más fuerte, pero teniendo
cuidado de que sus padres no despertaran. Nadie respondió. Se volvió a la cama
pensando que quizá algún vecino borracho se equivocó de piso. Cerró los ojos.
Volvió a sonar el timbre, esta vez se pegaron desesperádamente
al botón. Saltó de la cama y mientras cruzaba la sala preguntó con voz fuerte y
sin importarle que alguien más despertara: “¿Quién?”. Sintió tras la puerta
unos pasos. Volvió a preguntar y miró por la pequeña abertura. Un ojo hundido
en arrugas se acercaba más y más del otro lado de la puerta. Quiso preguntar de
nuevo, pero la voz no le salía. Aquel ojo se quedó inmóvil, mirando fijamente
hacia dentro de la casa.
Tragó saliva, —quizá se trate de una broma—. Volvió a preguntar
con voz grave pero desmenuzada: “¿Quién?”, y nada. Aquel ojo seguía ahí,
inmóvil. ¡Putamadre! Pensó entonces en pegar un manotazo a la puerta, así haría
que el sujeto del otro lado se aleje y poder verle el rostro. Golpeó. Miró
rápidamente y el ojo permanecía inmóvil. Golpeó otra vez y nada. Golpeó una y
otra, y otra vez y nada. ¿Quién eres? ¿Qué quieres? El miedo y la cólera hicieron
que lo haga más fuerte pero el ojo seguía ahí. Entonces quiso empujar la
mirilla y hundirla, lo logró.
Metió su dedo, quería dañar a ese ojo. Hurgó, raspó, pero al
tacto no sentía nada. Insistió. Cuando se cansó, se asomó con temor por el hoyo
que había dejado y no vio nada, solo oscuridad.
Se quedó mirando. No había ruido. El extraño ojo volvió a aparecer.
Se despertó de golpe. La sangre caliente bañaba burbujeante su
cara. Se había arrancado el ojo. Según el parte policial, eran las 3:33 a. m.

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